La primera vez que vi a Dorothy pensé que se trataba de un fallo en mi sistema de visión. Llevaba tanto tiempo en mitad de aquel campo, bajo tantas lluvias primaverales y tantas nevadas invernales, que pensé que mis ojos habían acabado por estropearse.
Dorothy se mostró muy sorprendida cuando se topó conmigo, y comenzó a girar a mi alrededor con curiosidad.
Yo, sabiendo que quizás era mi última oportunidad de conseguir ayuda, intenté hacerme oír para que me socorriese. Gruñendo entre mis inmóviles labios, conseguí hacerme entender por aquella chica, que roció con aceite mis oxidadas articulaciones.
Siendo al fin libre, y pudiendo moverme, le di las gracias y me senté un rato con ella a charlar. Le conté como me había visto allí atrapado, al ser sorprendido por la lluvia, y los muchos años que llevaba ahí.
Le conté muchas cosas que jamás había contado a nadie.
Entre ellas que no tenía corazón.
Ella me dijo que iba camino del mágico reino de Oz a pedirle al mago que la devolviera a su casa. Y me sugirió que tal vez él podría darme un corazón.
Agradecido como estaba, acepte a acompañarla. En el fondo no deseaba un corazón, solo la acompañaba porque creía que era lo correcto después de que ella me hubiese salvado.
Los días pasaron, el grupo aumento con el espantapájaros sin sesos y el león cobarde. Los kilómetros entre nosotros y Oz parecían eternos, y mis compañeros empezaron a mirarme con recelo.
Una mañana desperté solo.
A mi lado no había nadie, y del campamento solo quedaban las cenizas del fuego de la noche anterior.
Entonces me fijé en una nota que tenía sujeta al pecho con un imán de nevera, y que decía así:
“Querido hombre de hojalata, hemos partido sin ti hacia Oz. Tu cuerpo metálico es demasiado pesado y te mueves con demasiada lentitud. Sin ti llegaremos antes a nuestro destino. No te lo tomes como algo personal. Con cariño, Dorothy.”
Arrugué la nota, la tiré al suelo y miré al horizonte intentando ver sus siluetas en la lejanía.
Aprendí una gran lección.
Es una bendición no tener corazón.