5:45 de la Madrugada
Volvía a casa tras una larga jornada laboral, cuando tuve que reducir la velocidad considerablemente. Delante de mi, un Ford de hace medio siglo, conducido por un anciano de casi uno, avanzaba lentamente.
Dejé escapar un ligero suspiro. Con las ganas que tenía de llegar a casa y meterme en mi camita y aquel anciano conducía a pedo-burra. Las señales indicaban 80 como velocidad máxima, y el abuelete iba a 40.
Esta historia no tendría nada de especial, de no ser porque el abuelete acelero hasta 80 al llegar a un tramo limitado a 50. Lo perdí de vista, y pensé que tal vez el vejete se había sentido acosado por mí, y que por eso había dado semejante acelerón.
Y entonces lo vi de nuevo.
El tramo de vía había cambiado nuevamente, de 50 a 70, y el abuelo volvía a ir a 40.
No puede ser, no tiene sentido, me dije. Pero era el mismo coche, torturándome de nuevo con su lentitud.
Pero la lentitud se desvaneció en cuanto el vejestorio vio otro cartel que rebajaba de nuevo la velocidad a 50. El maldito viejo loco pisó a fondo y desapareció de mi vista para no volver a verlo más.
Siguiendo mi camino, en un parque cercano, vi a un grupo de personas. Eran unas seis, llevaban chalecos reflectantes y hacían ejercicios de calentamiento antes de ponerse a correr.
Maldita sea mi estampa.
Yo llevaba la calefacción puesta por el frío que hacía, en el cielo resplandecían relámpagos de una tormenta que se acercaba y aquellos tipos llevaban pantalones cortos.
Pantalones cortos!!
El mundo esta al revés. La gente acelera en donde no debe correr y frena donde puede pisar un poco más el pedal del acelerador. Yo estaba deseando llegar a casa a meterme en mi cama calentita y aquellos tipos, que podían estar en sus respectivos hogares, estaban a esas horas de la madrugada de un sábado corriendo en pantaloncitos cortos.
El mundo esta al revés, así que tened cuidado la próxima vez que vayáis al baño, no vayáis a mearos en la cara.