Sí, esta es otra de esas noches. Una de tantas noches en las que mi cabeza se deja llevar por pensamientos que parecen no conducir a ningún sitio, pero que al final te llevan a las parcelas más oscuras de tu mente.
En esta noche, envuelto en el humo del tabaco (sí, estoy fumando de nuevo, soy un yonqui) y con un vaso de Jack Daniels con sus hielos medio derretidos, me he puesto a pensar.
Al principio era solo una frase, de la sexta temporada de 24: “¿Sabes cual es la diferencia entre morir por algo y morir por nada?”.
Y entonces ha sonado en mi cabeza la voz de siempre, la del Frank sabelotodo y mordaz, preguntándome: ¿Y sabes cual es la diferencia entre estar vivo y estar muerto?.
Cuando estás muerto, los vivos te olvidan. Alguno te lleva en su recuerdo, pero ya no es como antes. Como cuando se acordaban de ti al llegar la noche y te hacían una llamada perdida al móvil.
Cuando estás muerto solo eres un recuerdo fugaz que se apaga rápidamente con la certeza de que ya no estás entre ellos.
Ya no interactúas con los vivos, a no ser que creas en los fantasmas y espíritus. Pero incluso este tipo de contacto es muy limitado, ya no es como antes.
Cuando mueres se acabo sentir, ni tristeza ni alegría. Ni odio ni desdicha.
Resulta que estoy muerto.
Estoy muerto porque casi no me relaciono con los vivos, y apenas siento nada en mi interior.
Soy como el envoltorio de un sugus.
Sí, el sugus que envolvía estaba bueno, pero su sabor, efímero en el paladar de un chiquillo, se ha desvanecido ya. Ahora solo queda el arrugado envoltorio, volando de un lado para otro arrastrado por el viento. Sin destino, sin objetivo final.
Simplemente esperando a biodegradarme.
Vaya mierda de vida, que se parece tanto a la muerte.