Segundos antes de que suene el disparo levantas la vista hacia el público, intentando distinguir a tus padres entre cientos de rostros desconocidos.
Pero no están. Tu ya sabías que no estaban, pero la esperanza es lo último que se pierde.
Intentas concentrarte en la carrera, este es tú momento, nadie puede arrebatártelo. ¿Que importa que papa esté borracho en cualquier bar o que a mama le importe bien poco lo que hagas con tu vida?
Junto a ti hay miles de corredores, hambrientos de éxito, dispuestos a todo para ganar. Están esperando, al igual que tú, que suene la señal. Todo está preparado. La carrera de la vida va a comenzar.
Bajas un poco la vista y ves que no tienes zapatillas para correr, intentas avisar al hombre del revolver, pero la detonación se impone a tus débiles súplicas. En un instante todos echan a correr.
Tú, que estas de pie y al revés, observas asustado como esa enorme cantidad de gente se lanza contra ti. Intentas echarte a un lado, pero el primero en golpearte hace que te tambalees y caigas al suelo. Uno tras otro, cientos de pies, te pisan. Machacando músculos, aplastando huesos, haciendo chillar a los nervios.
El tiempo pasa, la confusión se torna en ira, te levantas. Destrozado nada más comenzar la carrera, sabes que es imposible ganar. Pero el odio te da alas. Sientes el suelo clavarse en las plantas de los pies, los pulmones arden con cada bocanada de aire…
Y así es tu vida, destrozado, sin estar preparado, parándote de vez en cuando tratando de ganar el aliento que te falta. Sigues corriendo, aunque sabes que no vas a ganar. Que es imposible que ganes, que los milagros no existen. Te falta el equipamiento básico para poder entrar en la competición y, aun así, te han obligado a correr en esta carrera.
Caerás muerto en algún momento, sin llegar a ver la meta.
Sin siquiera estar un poco cerca de ella.
Como una rata en un laberinto con trampa, buscando una salida que jamás encontrará. Iras dando vueltas en la vida, y al final la vida te estafará.