Hoy, a las 11 de la mañana, mi padre ha venido a mi cuarto y me ha despertado. Cuando le he preguntado que pasaba, me ha regalado tres grandes verdades sobre mi vida.
Ha abierto la boca y ha dicho:
“Hijo mío, pues eres mi hijo, yo te quiero automáticamente. He aquí parte de la sabiduría que he adquirido tras todos estos años de profunda meditación resumida en tres verdades que has de conocer.”
“Primero, tu coche es una mierda. No solo lo es, sino que también está lleno de ella. Más te vale que te compres uno nuevo.”
“Segundo, tu hermano es feliz en el trabajo de Vigilante de Seguridad. El mísmo en el que tu estabas antes y del que tanto te quejabas. Porqué no vuelves a él?”
“Tercero, sí no tienes un plan de pensiones cuando seas mayor te veras sin un duro.”
Ante estas palabras tan sabias no he podido hacer otra cosa que levantarme de la cama, arrodillarme ante sus pies y besárselos.
“Oh padre! Que gran verdad es esa que sale de tu boca!. Que ciego he estado todo este tiempo!!. Maldita sea! Hágase tu voluntad!!”
“Hijo mio.- me ha contestado él- No debes disculparte por tu ceguera, pues yo estoy más ciego que tu, ya que llevo bebiendo desde las ocho de la mañana, y aun así lo veo todo claro. Me voy a discutir a grito pelado con tu madre.”
Y así me he quedado, estremecido ante tanta sabiduría. Que superaba incluso a aquél consejo que mi padre le dio a mi hermano Pequeño hace mucho tiempo. “Si no tienes nada que hacer, duérmete y no molestes.”