He aquí una historia de horror. Por su alto contenido gore muchos de vosotros pensareis que no puede ser cierta. Pero, lamentablemente para mí, lo es.
Todo ocurrió una mañana de verano. Mi padre generalmente no cocina en absoluto, pero aquella mañana se puso desde tempranito a preparar un delicioso pisto. A mí el pisto me encantaba, así que no le vi ningún inconveniente al asunto.
Pasó el tiempo, y cuando casi era ya la hora de comer, fui a la cocina para beber un vaso de agua. Lo que vi allí fue horrible. Debería haberme dado cuenta de lo que estaba por venir…
Mi padre estaba cocinando en calzoncillos y, exceptuando las zapatillas, no llevaba nada más.
Horrorizado escapé de allí e intente borrar aquello de mi mente. (Aunque no era la primera vez que veía a mi viejo en gayumbos siempre es desagradable.)
Llegó la hora de la comida y mis 2 hermanos pequeños y yo comenzamos a jalar. El resto de la familia no recuerdo donde andaba, aunque no importa. Mi casa parece una estación de metro, unos entran otros salen…
En fin, que estábamos papeando y de repente mi hermana pequeña sale corriendo, como perseguida por el Diablo, y la oímos vomitar en el baño.
En aquel primer momento yo estaba desorientado, no sabía muy bien que ocurría, pero gracias a las pocas palabras que mi hermana conseguía colar entre arcada y arcada me di cuenta de la situación.
-Aghhhhhh… Pisto… Buaghhhhh… Pelos… Buaggggggggghhhh… Y no son de la cabeza!!!! Agggghhhhhhh…
Asustado miré la cuchara que tenía en la mano y me di cuenta del horror. Y aunque ya había ingerido unas cuantas cucharadas, conseguí controlar las náuseas.
Mi hermano pequeño y yo miramos en la olla en la que estaba el pisto y…. esa imagen me acompañara en mis pesadillas hasta que muera…
Era como si hubiesen preparado el pisto sobre un peluquín pero, tal y como mi hermana decía, aquello no era pelo de la cabeza. Cientos de miles de pelos negros y rizados asomaban entre el pisto.
Todas las noches rezamos por que aquel pelo fuese del pecho, y no de otros sitios más terribles y blasfemos…
Mi madre vino, y nos dijo que nanay, que teníamos que comérnoslo. Que ella no podía tirar la comida. Se puso terca, pero le montamos un motín (Mi hermano pequeño y yo, ya que mi hermanita estaba echando las tripas todavía) y escapamos de allí raudos y veloces.
A mí me gustaba el pisto, ahora no puedo ni olerlo porque despierta en mí terrores que no se pueden nombrar…