Mi relación con el alcohol empezó siendo yo muy pequeño. Mi madre me metía en el parque, que no es más que una forma amable de referirse a esas prisiones para niños de pocos años, y me dejaba una botella de licor Karpy para jugar. Porque, que hay mejor que un objeto de cristal para que tu hijo pequeño juegue?.
El caso es que mi hermano mayor, viendo que yo no podía girar el tapón de la botella por más que lo intentaba, la abría por mí, llenaba el taponcito de metal de rico y delicioso licor y me lo daba. Yo lo vaciaba de un trago y le pedía más.
Así crecí aficionado a las bebidas espirituosas, pero la cosa no acabó ahí.
En los cumpleaños, y otras fiestas familiares parecidas, a mis padres y hermanos les hacía gracia lo rojo que me ponía cuando me daban de beber sidra y variados. Así que, de alguna manera, me convertí en el payaso de las fiestas. A mí no me parecía del todo mal, después de todo me daban alcohol gratis…
Me acuerdo perfectamente de aquel día, cuando cogí mi primera cogorza seria. Estaba yo en una pequeña casa que tenía mi padre alquilada en mitad del monte, aunque llamarle casa es exagerar, y se ve que le molestábamos. Así que nos dio una botella de algo rojo, asegurándonos que era mosto. A mí ya me extrañó un poco, ya que le había visto sacarla de la misma caja donde tenía el vino, pero no le di mucha importancia.
El caso es que empezamos a trincar y nos sorprendió el sabor amargo de aquel bebedizo. Después del tercer vaso coincidimos en que aquello era vino, y no mosto. Pero ya era tarde para echarse atrás, no quedaba nada de la botella.
Piripis como estábamos, yo con mis escasos 9 años lo estaba más que mis hermanos, cogimos las bicicletas y nos fuimos a dar un paseo. En fin, ya os lo imaginareis no?. Muchas eses, mucho zigzag y muchas colisiones contra árboles que no se movían del sitio en absoluto, pero a nosotros nos parecía lo contrario…
Y fui ganado experiencia. Mi hermano el rubio estaba alucinado con mi superpoder mutante, que consistía en trincarme media botella de ginebra de un tirón y sin apenas parpadear. Siempre andaba pidiéndome que lo hiciera para todo tipo de público. Y es que de verdad le fascinaba mi habilidad, porque el echaba un traguito y le daban arcadas y se le caían las babas. Siempre me preguntaba, ¿Cómo lo haces?. Y yo le respondía siempre, ¿Y yo que sé?.
Y así es como he llegado a donde estoy. Tengo el hígado bien destrozadito y, de vez en cuando, me gusta cogerme una buena cogorza para rememorar mi infancia.
Que triste…