La primera vez que ví el fuego tenía diez años. Recuerdo que estaba debajo de la mesa de la cocina, me gustaba esconderme ahí, y me tapaba los oídos para no escuchar discutir a mis padres. Casi puedo oir de nuevo a mi madre gritarle a mi padre "la culpa de todo esto es de Fran!". Yo, por supuesto, no tenía la culpa. Pero en aquel momento, debajo de la mesa y llorando en silencio, estaba convencido de que la culpa era mía.
Y entonces sucedió. Cerré los ojos y al momento lo ví, ardiendo y rugiendo, un fuego como jamás ha contemplado antes ser humano. Por un instante el mundo a mi alrededor enmudeció. Solo podía escuchar el rugir de aquellas llamas. Solo podía ver, con los ojos cerrados, como se retorcían aquellas lenguas de fuego.
En mitad de aquel brutal incendio se distinguia una sombra. No se movía, no reconocía en ella a nadie en particular, pero algo en ella me hacia saber que estaba esperando. Y me estaba esperando a mí.
Pasó el tiempo, pasó aquel momento bajo la mesa, pero el incendio en mi interior no cesó. Fuera a donde fuera lo sentía dentro de mí. Cuando alguien me insultaba, cuando mis padres me odiaban, el fuego rugía reclamando combustible. Y es que el fuego se alimenta de mi odio. Durante los primeros años de mi vida solo sentía tristeza, pero según avanzó el tiempo el odio fue ganando terreno en mis sentimientos habituales.
Los dias en los que mis compañeros me hacían la vida imposible (o sea, a diario), solo tenía que cerrar los ojos y ahí estaba. Entre las llamas, sonriéndome. Bueno, en realidad no podía verlo, pero lo sabía. Sabía que aprobaba el odio que le daba de alimento. Me lo agradecía, y algún día me devolvería el favor.
Hubo un periodo breve en que luché contra la sombra. Yo, creyéndome enamorado de una chica, quise borrar esa parte de mí. No lo veía bien, la gente correcta y feliz no guarda tanto odio. Las llamas no se fueron, aguardaron pacientes en un recoveco oscuro de mi retorcida cabeza. Pero la chica machacó mi ya maltrecho corazón e hizo que volviera a frecuentar la compañía del fuego.
Hoy en día sigue en mi interior. Le doy de comer todos los días, me devora por dentro. Y a veces, tengo la sensación de que va a estallar y se llevará a todo bicho viviente sobre la faz del planeta.
Sonrio pensándolo.