Camino por el barrio de Zeek y el péndulo que llevo en la mano me indica el camino a seguir.
Al pasar cerca de su portal el cristal se agita más fuerte hacia la izquierda, giro siguiendo sus indicaciones y examino el patio. En un punto concreto, el péndulo, gira locamente y al mirar al suelo veo algo.
Me agacho y observo que son dos grandes cajas de cerillas sobre un pañuelo blanco. Me guardo las cerillas en el bolsillo de la chaqueta y levanto el pañuelo. Debajo hay un agujero en la tierra y algo me dice que tengo que excavar.
Comienzo a cavar en el suelo con las manos y noto algo bajo mis dedos. Retiro la tierra y saco una pequeña lata metálica.
Un hombre, que está detrás de mi, oculto en las sombras de un portal, me dice que es un tesoro. Abro la lata y veo llaveros, papeles y fotos.
Miro el hoyo y me fijo que hay algo más, otra lata. Dejo la primera lata a un lado y desentierro la otra, pero hay otra debajo…
Empiezo a sacar, una tras otra, siete latas en total. Al final el agujero es tan grande que tengo que meter la cabeza para intentar coger la última lata.
Cuando estoy a punto de tocarla me doy cuenta de que es una trampa. Entre el barro del fondo un ojo se abre, un mano podrida se estira y agarra mi brazo y comienza a tirar de mí. La carne del brazo de mi agresor cuelga del hueso, y cuando tiro con fuerza consigo arrancarlo.
Caigo de culo en el suelo con el brazo amputado agarrado a mí, lo tiro al suelo y observo como se mueve. Me levanto y lo piso con fuerza, enfadado por haber caído en la trampa. Tiro los restos al agujero y lanzo las latas contra el ojo que sigue mirándome desde el fondo.
Entonces el hombre que está en el portal detrás de mí sale a la luz.
Lleva capucha y se tapa el rostro con un trapo, pero aun así me doy cuenta de que está podrido. Levanta el brazo y me señala con un dedo al tiempo que grita: “Conozco la bestia de tu interior!!”.
La gente que pasa por la calle se para, se acercan a ver la escena. El hombre podrido grita más fuerte, “CONOZCO LA BESTIA DE TU INTERIOR!!”.
La gente murmura y mira con asco. Pero no miran al hombre podrido.
Me están mirando a mí.
Una niña pequeña, rubia y con coletas, da un par de pasos hacia delante y me señala también. “MONSTRUO!!”, grita. Y el resto de personas comienzan a corearle.
MONSTRUO, MONSTRUO, MONSTRUO, MONSTRUO!!!!
Me señalan, me gritan, me llaman monstruo.
Y entonces me despierto.