En las hojas de los olmos brillaban las luciérnagas, y en los helechos, y en los matorrales, parpadeaban como las luces de una extraña y lejana ciudad. Una nutria se zambulló en el arroyo que alimentaba el estanque. Una familia de armiños correteó por el prado hasta llegar al agua, para beber. Un ratón encontró una avellana caída y empezó a roer la cáscara dura con sus afilados incisivos que nunca dejaban de crecer, no porque tuviera hambre, sino porque era un príncipe bajo un hechizo que no podría recuperar su verdadera forma hasta que hubiera mascado la Avellana de la Sabiduría. Pero su excitación le hizo descuidado, y tan sólo la sombra que ocultó la luna le advirtió del descenso de un enorme búho gris, que atrapó al ratón entre sus garras afiladas y volvió a alzarse hacia la noche.
El ratón soltó la avellana, que cayó al arroyo y fue arrastrada, hasta que un salmón se la tragó. El búho se tragó al ratón en un par de segundos y dejó que sólo le asomara la cola por el pico, como el cordón de una bota. Algo resolló y gruñó mientras se abría paso por entre los arbustos; «un tejón —pensó el búho (que también sufría una maldición, y que sólo recuperaría su verdadera forma si se comía un ratón que se hubiera comido la Avellana de la Sabiduría)-—, o quizá un oso pequeño».
Fragmento de “Stardust” de Neil Gaiman.