sábado, 27 de octubre de 2007
"Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. El suelo de las guerras está siempre cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando." Arturo Pérez-Reverte.

Antes que nada pedir disculpas:
A Azrael por pisarle el post: Lo siento chico, pero de verdad necesitaba escribir y colgar esto.
A Pérez Reverte por usar un texto suyo como introducción de este post. No soy digno!
A Azrael y a Zeek, por que han escuchado estas historias mil veces. Gracias por estar ahí tíos!.

Este post trata sobre la guerra. No sobre las guerras que asolan cientos de lugares ahora mismo, no esas guerras que la magia del cine y los videojuegos hacen parecer emocionantes y divertidas. Este post trata sobre la guerra en los “hogares”.
Sé que no soy el único soldado que hay por ahí afuera, sé que somos cientos los que luchamos, han luchado o lucharan en su “hogar”. Detrás de un sofá, dentro de un armario (no uno metafórico, uno real) o bajo una mesa.
Guerras terribles, invisibles, escondidas y olvidadas. Guerras en las que nadie gana, guerras en las que solo se pierde. Guerras que marcan profundamente a quienes las viven, guerras que no cesan nunca. Guerras que continúan aunque te alejes de ellas, en tu interior para siempre jamás.

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Dedico este post a mis hermanos.
Chicos, lo hicimos lo mejor que pudimos.

Desde que tengo memoria o, mejor dicho, desde que empecé a archivar recuerdos en mi cabeza, mis padres se han peleado. La cosa ha evolucionado, para peor, pero siguen siendo igual que las de aquellos maravillosos años de mi infancia.
Las cosas como son, mi padre es un hijo de la gran puta, pero mi madre no se queda corta. Siempre le está picando para que salte y poder discutir con él.
Una de las pocas cosas que ha cambiado es que antes se producían semanalmente y ahora se desatan a diario. Esta noche he asistido a otra batalla y, una vez más, me he tenido que contener para no matar a mi progenitor. Sé que suena fatal, pero cuando se acerca a mi madre, gritando y dando puñetazos en la mesa, se me acelera el pulso por que pienso que por fin ha llegado el día en que le va a poner la mano encima y yo voy a tener que tomar cartas en el asunto.
Esto me supera, no como a mis hermanos que ya han currado a mi viejo en otras ocasiones, siento que me mareo y me preparo para la acción. Afortunadamente no ha llegado el caso…

Este es un ejemplo de pelea típica. Es muy light, pero servirá para haceros una idea.



Llevo 25 años aguantando las peleas de mis padres, y todavía no me he acostumbrado. Creo que no te acostumbras a esto jamás…
Recuerdo cuando era un niño y mi padre venía completamente borracho de trabajar. Recuerdo cuando gritaba a mi madre, cuando los dos se enzarzaban en una pelea brutal, recuerdo que mi padre solía terminar las peleas lanzando el plato de comida contra la pared y marchándose de casa dando un portazo (supongo que para volver al bar del que acababa de salir).
Recuerdo como mis hermanos y yo recogíamos en silencio los trozos de cristal y los restos de comida, mientras mi madre se lamentaba de lo horrible que era su vida.
En aquellas ocasiones nos manteníamos al margen, mirando al suelo, asustados de nuestro padre que parecía gritar poseído por un demonio. Pero había otras ocasiones en que éramos obligados a formar parte activa en sus peleas. Nos interrogaban, nos forzaban a hablar…

Éramos unos niños, pero sabíamos lo que había. Mi madre se preocupaba de hacérnoslo saber cada día: “No hagáis ruido, que vuestro padre viene enfadado de la fábrica y luego me riñe a mí por vuestra culpa.”

En esta noche los recuerdos flotan a mi alrededor. Puedo verlos con total claridad, como si las escenas que rememoran hubiesen ocurrido ayer.
Me viene a la cabeza un día que estaba jugando con mi hermano Keyser. Mi hermano se puso a trabajar con las piezas de Dupplo, fabricando algo que yo no conseguía entender (En realidad solo era una plancha grande con montículos de piezas). Cuando acabó me reveló su función y cometido: “Es una trampa para papá. Cuando venga enfadado de la fábrica lo pondremos en el suelo. Así cuando vaya a gritar a mamá lo pisará, se hará daño y parará.”
En aquel preciso momento me di cuenta de la verdad: No éramos niños jugando. Éramos soldados peleando en una guerra que no habíamos empezado…y en la que nunca quisimos combatir.

Recuerdo también los castigos.
Antes de que mi padre llegara del turno de tarde, al anochecer, mi madre nos metía en la cama y nos hacía la advertencia de siempre: “No hagáis ruido, que vuestro padre no viene de humor y luego la paga con migo.”
Pero bastaba una risa un poco alta, el ruido de una puerta cerrándose o el simple sonido de murmullo para que nuestro padre apareciera a través de la puerta de nuestro cuarto. Recuerdo sus ojos inyectados en sangre, el olor a vino en su aliento mientras nos retorcía un brazo y nos gritaba que “a la cama se iba a dormir y no a hablar”. Recuerdo cuando se quitaba el cinturón y nos castigaba con el, recuerdo los puñetazos, recuerdo el dolor de no reconocer a un padre en el rostro que nos amenazaba…

Entonces le tocaba el turno a mi madre. Cuando mi padre se iba a la cama, mi madre entraba en nuestro cuarto. Nos sermoneaba, nos hacía saber lo mal hijos que éramos y a veces nos castigaba.
Recuerdo una noche que nos sacó a la cocina y nos hizo poner de rodillas en el suelo con los brazos extendidos. Hacía frío, y al cabo de una hora las rodillas nos dolían una barbaridad. Recuerdo que empecé a llorar y mi hermano, el rubio, le suplicó a mi madre que me dejara marchar. Le costó, pero al final me dejó libre…

Recuerdo cuando nos mandaba a la cama sin cenar. Recuerdo aquella noche que seguí a mi hermano Keyser hasta la sala, intentando no hacer ruido. Debajo del sofá tenía escondido un paquete de galletas. Y aunque estaban blandas y rancias, aquellas galletas nos supieron a gloria.
Recuerdo como lo pasaba yo de mal cuando mi madre amenazaba con hacernos dormir en la terraza, con las ratas. Recuerdo que mi hermano el rubio no pudo librarse de aquella.
Recuerdo como mi hermano el rubio, cada cierto tiempo, metía cosas en su mochila y me decía que al llegar la noche se marcharía de casa. Recuerdo el miedo que me daba pensar que podía llegar a hacerlo, recuerdo que no dormía en toda la noche pensando que tendría que detenerle…aunque nunca se marchó.
Recuerdo cuando escuchaba a mis padres discutir en el dormitorio. Recuerdo pensar que la culpa de aquello era mía, por que una monja nos había contado en clase que los niños podíamos hacer que los padres no se pelearan hablándolo con ellos. Recuerdo la que me cayó encima la noche que decidí intervenir…aquella noche descubrí que las monjas no tienen ni puta idea de matrimonios.
Recuerdo cuando me levantaba de noche y escondía el alcohol y las cerillas, por que había visto muchas noticias de maridos que quemaban a sus mujeres vivas.

Recuerdo muchas cosas, y todavía me duelen…

No estáis solos, hijos e hijas de la guerra. Sé que cuesta seguir adelante. Sé que duele y que es injusto. No estáis solos amigos, seguid luchando.

“De la guerra solo me quedan cicatrices que mostrar,
recuerdos dolorosos para enterrar, tumbas de compañeros que visitar
y los trozos de un alma que nunca podré juntar.”

Publicado por Frank_Bauer @ 3:30  | Personal
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Comentarios
Publicado por Azrael
sábado, 27 de octubre de 2007 | 14:37
Bombonas de butano, sí, va a ser lo mejor, si total los pobres están sufriendo.