-¡Ahí vienen!... ¡Ahí llegan!
Con la manga de la casaca, Luis Daoiz se enjuga el sudor de la frente y levanta el sable. Dos de los tres cañones están cargados, y sus sirvientes los empujan a toda prisa para enfilar la calle de San José, por donde se acerca, a paso de carga y bayonetas por delante, la inmensa columna francesa, imperturbable en su avance aunque la gente del capitán Goicoechea, desde las ventanas del parque, la fusila con cuanto tiene. De los demás oficiales que acudieron a presentarse por la mañana, apenas hay rastro. Deben de estar, piensa agriamente Daoiz, vigilando con mucho denuedo la pacífica retaguardia. En cuanto a la fuerza enemiga que se encuentra a punto de caerle encima, el veterano capitán de artillería sabe que no hay modo de detener su ataque, y que cuando las disciplinadas bayonetas francesas lleguen al cuerpo a cuerpo, los defensores acabarán arrollados sin remedio. Sólo queda, por tanto, rendirse o morir matando. Y antes que verse ante un pelotón de ejecución - de eso no lo libra nadie, si lo cogen vivo-, Daoiz es partidario de acabar allí, de pie y sable en mano. Cual debe hacer, a tales alturas, un hombre que, como él, no está dispuesto a levantarse la tapa de los sesos de un pistoletazo. Antes prefiere levantársela a cuantos franceses pueda. Por eso, desentendiéndose del mundo y de todo, el capitán afirma los pies y se dispone a bajar el sable, gritar <<fuego>> para la descarga de los cañones - si al menos tuvieran metralla, se lamenta por enésima vez- y luego usar ese sable para vender su vida al mayor precio en que su coraje y desesperación puedan tasarla. Por un instante, su mirada encuentra los ojos enfebrecidos de Pedro Velarde, que amartilla una pistola y la dispara contra los franceses, sin dejar de dar voces y empujones para contener a los que, ante la cercanía de aquellos, chaquetean y pretenden echarse atrás. Maldito y querido loco de atar, piensa. Hasta aquí nos han traído tu patriotismo y el mío, dignos de una España mejor que esta otra, triste, infeliz, capaz de hacernos envidiar a los mismos franceses que nos esclavizan y nos matan.
Fragmento de “Un Día De Cólera” de Arturo Pérez-Reverte.